«El porvenir está en manos de los maestros de escuela»,Victor Hugo

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Relatos no premiados

La aventura de Cocó

Gallinas camperas

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Relato no premiado presentado al concurso "Historias de Verano", Concurso de relatos de julio 2023, de Zenda Libros

Esas canciones, esos dibujos, esa maldita turuleca habían hecho mucho daño. Algunas de nosotras aún recordábamos aquellos días fáciles: atendiendo nuestros menesteres de forma monótona, sin miedo escénico, pasando desapercibidas que era lo que mejor se nos daba; viviendo nuestra rutina sin grandes hazañas u ocurrencias. Y eso que a mí no me interesaba la vida cotidiana sin alteraciones, más bien todo lo contrario, pero que el momento de emoción y de tensión diario fuese siempre el mismo y frente a un público idéntico es lo que me sacaba de mis casillas. “¡Que vienen! Todas a sus puestos. Que se os vea bien. Tú, en primera fila. Sonreíd. Vosotras a contonearse. Yo cantaré. Si quieren ver o coger los recién puestos, dejadles. Y si os pillan sentadas, a levantarse inmediatamente. Nada de esconderse". Seguido de la eterna amenaza: "es lo que se espera de nosotros". Sin argumentos coherentes, las exigencias del jefe eran terribles.

No puedo negar que los trozos de galleta, las migas, incluso los restos que nos tiraban eran mucho más interesantes que los bichos con los que a veces teníamos que conformarnos pero el salir despavoridas a saludar y a cualquier hora (¡a veces llegaban al alba!), esos humanos de menor tamaño con sus cubos y los comentarios...me sacaban de quicio. Que si pitas, pitas (¿pero qué querían decir con eso?); que si el jefe era igual a un tal Bartolito, la más vieja de nosotras a una tal Avecrem (nosotras no éramos un ave cualquiera) y, lo peor, la que me señaló y llamó Cocó, de quien tomé el nombre porque le hizo gracia al humano que más veíamos. Aunque más tarde a todas nos empezaron a llamar las Cocós. “Pero nosotras somos gallinas”, decía siempre enfadada.

Pronto todo acabaría, por fin llegaba ese momento del año en el que podíamos ser nosotras mismas y no de la granja de alguien, de una escuela y menos la de un tal Zenón.

Así arrancaba mi verano, con los sueños por fin al alcance de mis patas pues el humano al que más veíamos se iba a "descansar de estos animales" según nos contó el caballo. Se iba a disfrutar “del sol y la playa” y parecía contento. Tenía gracia que se fuese pues de ese sol ya había mucho donde vivíamos y era justo lo que me alentaba a salir del corral y cumplir con un objetivo que me obsesionaba desde lo que nos contó aquella tórtola que volaba camino a África.

Resultaba que al otro lado del seto, a menos de doscientos pasos, había un bebedero gigante y profundo llamado “piscina” en el que humanos de todos los tamaños, incluso a veces los malditos perros que tanto miedo nos daban, se refrescaban, flotaban como los patos, reían y lo pasaban bien. Debía de ser la famosa playa de la que hablaba el humano al que más veíamos y este año, sería la primera gallina en comprobarlo.

Por ello, el primer día del descanso anunciado, moví el montoncito de paja de la malla que tapaba el hoyo que llevaba cavando a escondidas desde hacía semanas y pasé al otro lado. Apenas había andado un metro cuando el ladrido del perro me ahuyentó (¡mucho lo querían pero bien que lo habían dejado atado a un árbol!) y me metí en la nave del tractor amarillo. Estaba muy a oscuras y me resultaba difícil distinguir si me estaba alejando o acercando a la puerta por la que había entrado. Pero el maldito perro no dejaba de ladrar por lo que decidí esperar a que se calmasen los ánimos (era lo más sensato) y me refugié en un recoveco que parecía muy seguro. Si el perro seguía gritando, el jefe y todas saldrían en mi busca y seguro que me metería en un buen lío.

De pronto, empecé a sentir frío…¿Acaso estaría ya cerca de mi objetivo? La tórtola se había equivocado: ¡al bebedero gigante se llegaba por la nave! El cambio de temperatura era evidente en ese espacio. Volvería y se lo contaría a todos, ¡nadie me creería! Como por arte de magia, el sol ya no tenía efecto, por fin no estaba sofocada y sentía un fresquito muy agradable. Mejor que cuando se nos mojaban las plumas cuando llovía. De pronto mi pico empezó a moverse solo y tuve miedo. Estaba tiritando de frío.

Pensé en salir pero entre las sombras no alcanzaba a ver cómo; distinguí lo que parecía un gancho, una caja blanca, una caja de helados…

El frío era congelador. Y se cerró una puerta.