«Desde el momento en que cogí su libro me caí al suelo rodando de risa. Algún día espero leerlo», Groucho Marx

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El universo de

José Gómez Frechina

José Gómez Frechina en su escritorio. Foto: Elsa Bernaldo de Quirós

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¿Qué es un humanista?, preguntó el profesor. Un humanista es un apasionado de «los saberes inútiles» como diría Nuccio Ordine, dijo el pedante. Es un curioso, también se oyó. Un lector. Un idealista. Un admirador. Los intencionados sinónimos se sucedieron. Tiene memoria, alguien sentenció. Yo creo que es alguien consciente del gran regalo de los siglos, habló y calló. Sí, del extraordinario patrimonio artístico, literario, musical, filosófico, científico, arquitectónico...¡Que no acabas! Que hay que preservar y cuidar, siguió. Todos asintieron. ¿Y si es un viajero? ¿Un apasionado e imaginativo viajero? Capaz de cruzar disciplinas y fechas. ¡Con buen gusto! ¡Amante de lo bello! ¡Alguien desinteresado! Alguien libre.

Un humanista es «una persona altruista capaz de transmitir sus conocimientos adquiridos con el paso del tiempo a los jóvenes», dijo el profesor.

Y se hizo el silencio.

El pasado mes de marzo tuvimos la suerte de conocer a José Gómez Frechina (Valencia, 1965) en la galería madrileña Coll & Cortés, rodeados de arte e historia, con los pelos de punta escuchando algunas anécdotas y fascinados con cada dato de la conversación. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia, Gómez Frechina fue conservador de pintura del Museo de Bellas Artes de Valencia, donde desempeñó distintos cargos y desde 2015 es el director científico de Colnaghi, la galería de arte más antigua del mundo. Ha escrito numerosos libros entre los que destaca Los Hernandos, el estudio sobre los pintores de las puertas del retablo mayor de la catedral de Valencia (hito artístico sin precedentes durante el Renacimiento en España).También es conferenciante y muy bueno, aunque luego no le guste oírse («¿pero ese soy yo?») y un apasionado de su trabajo, tanto que no parece trabajo, porque si hay que definir a un humanista, bien se puede nombrarle.

Toda una vida dedicada al arte ¿Cómo empieza todo? ¿Cuáles son sus primeras experiencias con las que dijo «voy a dedicarme a esto»

Me tengo que remontar a años antes de la universidad. Yo estudié en un instituto en una población cercana a la que vivía y las asignaturas que más me gustaban era la filosofía, la historia… El último año dimos una clase de arte y a mi me emocionó todo aquello. Me gustaba mucho, sobre todo hacer mezclas: ver lo que era la filosofía en el siglo XVII, la literatura, el arte, la historia; cómo se implicaba todo. Entonces decidí que iba a estudiar la carrera de historia. En el plan de estudios, había la posibilidad de especializarse y aunque a mi me gustaba mucho la arqueología, decidí escoger la especialización de arte.

Pero pronto se apartó del ámbito académico…

No quería hacer doctorados, quería aprender por mi mismo por lo que empecé a recorrer los museos de prácticamente toda Europa y de Estados Unidos. Lo que iba haciendo en cada sitio era comprarme los catálogos y los inventarios de los museos, cosa que entonces era bastante complicada pero que ahora es imposible. Han desaparecido del mercado y si lo tienes bien y si no, tienes que ir a bibliotecas especializadas que normalmente no están en este país. 

¿Están todos estos catálogos en la galería? [en relación a la impresionante biblioteca que nos rodea]

Aquí ya había libros y aunque el grueso es mío, los tengo repartidos. Los libros antiguos están en mi casa en Valencia, otros en casa de mis padres… Cuando empiezas con veinte o treinta años a comprar libros, se pone complicado. O salgo yo de mi casa o salen ellos. ¡Es un lío!

Y aun teniendo muchos para «tener ojo» los libros no bastan.

Hay que haber visto mucho y hay que tener mucha paciencia. Eso no se enseña en las universidades. Tienes que acercarte a las obras de arte y tienes que ver muchísimo, moverte por muchos museos pero no decir: «he estado una vez en París viendo lo que había de pintura inglesa o francesa». No. Tienes que haber ido quince, treinta, cuarenta veces al Louvre. La primera vez, quizá pases rápido delante de un cuadro y no te dice nada. Curiosamente luego vas a otro museo y te llama la atención ese pintor, luego lo enlazas a la siguiente visita que haces al Louvre y luego lo que haces es seguir sumando, sumando y sumando para que se produzcan conexiones cuando te reencuentras con un cuadro. Así, con mayor experiencia y  conocimientos puedes ver aspectos que te habían pasado desapercibidos. Por ejemplo, ves una obra de Cranach (Lucas Cranach el Viejo) en un museo alemán y de repente en un rincón, ya con conocimientos mitológicos, ves la firma. En estas cosas has de estar siempre activo. En el momento en que te relajas ya no eres capaz de ser tan rápido a la hora de situar una obra. Te obliga, como a los médicos, a estar todo el día estudiando para preparar el ojo. De pintura antigua cada vez hay menos expertos y no se aprende en la universidad a discernir. Los procesos de estudio son otros. 

Me imagino que al haber visto tanto, habrá sido difícil centrarse en un estilo o época.

Soy una persona atípica. Mis colegas están especializados en un periodo muy concreto. Hay gente que se dedica a la pintura gótica, al Renacimiento, al Rococó… A mi siempre me ha gustado tener una visión un poco más amplia y como soy atrevido pues no me importa hacer mis pinitos, desde el Barroco hasta llegar al siglo XVIII. Digamos que el arco en el que yo me muevo es de finales del S. XIV y XV hasta el siglo XVIII. Y allá donde voy, visito todos los museos. Menos los de arte contemporáneo. Risas.

¿Qué opina del arte contemporáneo?

El arte contemporáneo la gente lo mira como si fuese raro porque hoy en día ves todas las performance y cosas de esas ¡en las que incluso participas! Pero yo tengo unas vivencias tan vivas con lo anterior que no necesito eso para nada. El arte siempre me ha gustado y he tenido una experiencia con éste emocional, hasta el punto de creer que cuando alguien tiene un bajón, lo que a veces es capaz de volverte al equilibrio es el contacto con la belleza. A mi me ha pasado. Me fui a Roma unos días y fue un bálsamo. Me curé. Silencio. Realmente, prefiero dedicar mi tiempo a los artistas que ya no están. Entiendo que con el artista vivo hay todo un proceso que te abre muchas vías de estudio y demás pero eso es para otros profesionales, para mi no. Yo prefiero tratar con gente con la cuál no tenga que hablar. Risas.

¿No le hubiera gustado conocer a nadie de esa época?

Quizá a Carlos III, que por cierto este año está en múltiples exposiciones. Le tocó vivir un momento determinado y luego el mundo cambió.

El no tener fuentes vivas, me imagino que dificulta los estudios...

Es una labor de detective. Por ejemplo, el poder estudiar una pintura, que es mi campo, que no está firmada. No solo tienes que ubicarla en una época, tienes que llegar a veces a descubrir quien es el autor. Pero esto siempre te da alegrías porque llegas a descubrimientos interesantes. Por ejemplo, los cuadros de Jan van Goyen, están firmados en sus barcas. La gente no lo sabe pero la mayoría de los cuadros flamencos-holandeses están firmados. Unas en las barcas, otros en los troncos…

Cuéntenos algún descubrimiento.

Hace un tiempo apareció un cuadro grande que me consultaron y me di cuenta de que era un cuadro importante para Valencia, que procedía de una cartuja de la ciudad. Se trataba de una obra de Joan Ribalta que representaba a San Martín. Precisamente esa cartuja la fundó el rey Martín. Al ser un episodio histórico quisimos que fuera a patrimonio valenciano pero no lo conseguimos. Está en manos privadas.

¿Cómo influye que un cuadro pase de ser anónimo a que sea «de alguien»?

Es un cambio importante. Es un campo lleno de investigación: a qué periodo corresponde, quien estaba gobernando en España en ese momento aunque lo que al público le interesa es el precio. Hace poco hemos (en Colnaghi) movido una pieza importante que salió en subasta aquí en España. Podría haber pujado cualquiera. Nosotros lo hicimos porque defendíamos una autoría en ese posible retablo. La compramos, la limpiamos y resultó ser un original de Sebastiano del Piombo. Realizamos un estudio e incluso antes de terminarlo fuimos capaces de vendérselo al Art Institute de Chicago. Estábamos muy contentos.

No le entusiasma pensar que sus estudios ponen a tal artista en su sitio en la historia, donde se merece estar.

Lo que hacemos es rescatar del olvido cosas que formaron parte de la historia, cosas importantes para que vayan a parar a sitios donde lo van a poder seguir estudiando, donde mucha más gente lo va a poder disfrutar. Volviendo a del Piombo. En el Art Institute de Chicago tienen muchas obras de ese periodo pero ahora tienen a uno de los mejores pintores del Renacimiento italiano que no lo tienen todos los museos. Ahora mismo, se está haciendo una exposición de Miguel Angel y Sebastiano en la National Gallery de Londres y yo creo que el propio museo estará orgulloso de tener esos fondos y la rapidez de haber adquirido la obra porque seguramente lo hubiera comprado otro museo.

¿Piensa que muchos españoles tienen en sus paredes auténticas joyas sin ser conscientes?

¡Sin duda alguna!

Con el tiempo, los cambios, las guerras, siempre desaparecen cuadros. ¿Cómo se puede investigar?

La gente tiene que abrir puertas. A veces te enseñan una fotografía en mal estado, que no te aporta mucho. El cuadro tiene muchas informaciones que hay que ver directamente: hay que darle la vuelta al cuadro, hay que ver con qué tipo de material está hecho, si es una tabla, si tiene algún tipo de inscripción, si tiene un número de inventario. Hay una serie de cosas que te alertan, incluso el propio marco del cuadro te puedo orientar de qué momento es, por qué colección ha pasado. Hay mil elementos.

Una vez catalogado, ¿qué diferencia de precio de mercado tiene el arte renacentista con el contemporáneo?

Hay una diferencia brutal. Rubens ha conseguido algunos precios espectaculares pero no tiene nada que ver. El arte contemporáneo está muy por encima pero el tiempo pondrá las cosas en su sitio. Siempre la pintura antigua ha tenido un valor, lo que no tengo claro es que todo el arte contemporáneo lo tenga. Pero el tiempo hará su criba. Hay artistas que quizá ahora tengan cierta salida pero no sabremos cómo van a quedar dentro de la historia del arte.

Hay mucho marketing…

Cierto. ¿Quizá sea una inversión a corto plazo? Puede que sí pero lo que es seguro es que un Rubens siempre va a mantener su valor. Además hay pocas obras del artista en manos privadas. A los que nos preocupa el arte antiguo, vemos que puede cambiar la cosa. Vemos que hay mucho coleccionista de arte contemporáneo que se interesa un poco por el arte antiguo y bueno vemos que el arte antiguo es un valor muy seguro y el arte contemporáneo no está tan claro.

Además, el antiguo sabemos que ya no va hacer más obras…

Y el artista contemporáneo hace cientos miles de obras así que por esa regla de tres el valor de las piezas no puede ser tan alto.

Pero entonces, ¿existe un tipo de coleccionista al que no le importe el periodo?

Sí existe. Hay un tipo de coleccionista que le interesa la confrontación de lo antiguo con lo moderno. Por ejemplo, a partir de su trabajo mi mujer conoce coleccionistas de arte contemporáneo, incapaces de entrar en un museo de arte antiguo. Y en cambio, ella es todo lo contrario: no quiere ver el arte contemporáneo. Son extremos. Yo por todos mis viajes, sí que he visto arte moderno incluso del siglo XX, puedo diferenciar perfectamente las pinturas europeas, americanas, internacionales a partir del estilo de un pintor. ¿Para ver un Fontana? No necesitas mucho, casi todos los periodos son iguales, depende de donde esté cortado el cuadro.

Muchos de los fondos de los museos se hacen, en parte, gracias a espectaculares donaciones privadas. ¿Está a favor de que algunas obras pasen a ser públicas o no puedan salir de España por ley?

Para mi es lógico. Lo que no puede ser es que aparezca una obra de la Reina Isabel la Católica, se identifique que es una pieza única y que el Estado no ejerza su derecho de retracto. Esas obras deben quedarse en España. Ahora, si no tiene que ver mucho con nuestro patrimonio histórico tampoco hay motivo para retenerlas. Debe haber flexibilidad. Por ejemplo, si de Luca Giordano tenemos en España doscientas obras pues tampoco tiene mucho sentido que no dejemos salir algunas. Siempre dependiendo qué tipo de obra sea. Si es una obra muy singular, entiendo que el Estado quiera retenerlas. Pero si ya está representado en los museos españoles y en Patrimonio Nacional, pues no. Lo bueno es que a la larga todas las colecciones privadas pasan a fondos públicos, para que todos puedan disfrutarlos. Por ejemplo, el Messina del Prado ya sabemos como llegó: un particular con el cuadro bajo el brazo y un «tengo esto». Entonces el director del Prado pensó qué cajón abrir para conseguir la obra y afortunadamente se compró. Hoy en día estaría en unas cifras desorbitadas. Aunque también hay que pensar que no tendría un permiso de exportación y tendría un mercado mucho más reducido. 

¿Usted colecciona?

Yo diría que no. Me he comprado algún cuadro, muchos libros, algunos objetos de uso cotidiano de otras épocas y los he ido almacenando: he reunido planchas antiguas, de aquí y de otros países. Ahora he estado en México y me he traído cuatro. Imagínate poner todo ese peso en la maleta aunque en realidad son pequeñas.

¡Planchas! ¿Cómo surgió?

Pues hablas con las personas y te enteras de que había planchas específicas para sombreros, las que utilizaban los niños para imitar a sus padres. Aprendes, las compras, las tienes en casa y eso que tampoco sabes que harás el día de mañana con ellas. Pero no puedo decir que sea un coleccionista.

¿Algún libro especial?

Quiero destacar uno que encontré en el que, sin duda, intervino la suerte. Me he pasado muchas horas en librerías de viejo. En una estancia en Boston, entré en una librería, vi un libro sin lomo, automáticamente lo cogí, lo abrí de cualquier forma y de repente vi una pintura del gótico internacional de Valencia que rápidamente, aunque nunca había visto esa obra, detecté que correspondía al estilo de Gonçal Peris. Fue curioso.

¿Y qué pasó?

Debajo del cuadro ponía «primitivo español». Nada más. Era un catálogo de ventas, publicado en Francia en los años 20. No sé si sigue existiendo esa obra, a lo mejor por las guerras ha desaparecido. Pero como es de un retablo documentado de Gonçal Peris, lo publiqué.

¡Qué importantes son los catálogos!

La realidad es que ahora somos esclavos de las pantallas digitales. Prácticamente no hace falta que haya catálogo impreso porque está todo online para seguir las tantísimas subastas que hay en casi todos los países. La verdad es que es un reto porque tienes que verlas todas. Hasta en los sitios más recónditos te aparece una obra importante. Tesoros hay y habrá siempre.

Y los que se encuentran en las librerías de viejo…

Sobre todo en las ferias de viejo más que en las librerías porque allí están todas juntas. A la de Boston, por ejemplo, ahora le ha dado por las cosas contemporáneas.

¿Y en España?

En la librería Anticuaria de Oviedo hay fondo antiguo. Con esta, tengo una relación muy extraña porque hace años entré por primera vez a ese espacio pequeño, me compré algunos libros y pedí una tarjeta. Nunca volví a Oviedo pero mensualmente, durante diez o quince años, me estuvieron mandando paquetes. Cada mes, marcaba los que quería del catálogo de novedades y me los enviaban. Pagaba una cantidad determinada y me enviaban libros por ese valor. A veces, incluso, me contaban anécdotas.

¡Muy 84 Charing Cross Road!

Exactamente. Incluso, como en el libro, con mis compañeras de la biblioteca de Valencia comentábamos y nos reíamos mucho porque les enseñaba la comunicación que teníamos. Una comunicación realmente desfasada en el tiempo. 

Una romántica e idílica comunicación, pienso. Una conversación por carta para viajar al pasado a través de las obras de los Antiguos Maestros, imaginó. Una comunicación... Miro el reloj y ya son las 14:00. He prometido no molestarle más de una hora y aunque estoy deseando seguir con la conversación, las reglas son las reglas.

Pero antes de irme, le pido que nos recomiende revistas para seguir el mundo del arte y contra todo pronóstico nos recomienda que nos fijemos en la publicidad. «Aquí en España tenemos ARS Magazine y Arte Español, que lleva muchísimos años. Si damos el salto hacia fuera, tenemos The Burlington Magazine en Londres,  magazine en Londres, Il Giornale dell' Arte en Italia y Apollo en Estados Unidos. Casi todas las ciudades tienen sus boletines. Este tipo de revistas hablan de pintura francesa, española e italiana. Siempre hay entrevistas a un director de museo o conservador y la publicidad que es básica. Aparecen galeristas ofreciendo sus descubrimientos y las exposiciones temporales. Un conservador tiene que estar al tanto de las exposiciones. Es la forma para ver piezas de colecciones privadas que no has podido ver nunca en contexto de la época o del pintor».

Se me ocurre preguntar por los medios generalistas. «¿Ahí? Solo salen los precios». 

Sonrío. 

Y pensar que alguna vez me ha dado pereza ir al Prado. Realmente, uno nunca sabe lo que se está perdiendo...hasta que habla con José Gómez Frechina. 

Fotografías: Elsa Bernaldo de Quirós