«Deseo poder escribir algo tan misterioso como un gato», Edgar Allan Poe

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Los libros de

Foto: A.M.

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Mi obsesión por lo ex-libris empezó hace años gracias a mi abuela. Un buen día leyó un artículo en el periódico de Rodrigo Fresán en el que ponía El gran Meaulnes de Alain Fournier como uno de los títulos necesarios para lectores de raza «young adult» junto a Grandes esperanzas, de Charles Dickens, Kim, de Rudyard Kipling, El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger y Vieja escuela, de Tobias Wolf. Mi abuela, entonces, recordó que lo tenía en su biblioteca y, decidida, me lo regaló por Navidad.

Como es lógico, me emocioné. Primero porque no lo había leído y me atraía la idea de leer la primera y última novela de un autor. Fournier escribió El gran Meaulnes en 1913 poco tiempo antes de morir con tan solo 27 años. Segundo porque no era un libro cualquiera, me daba una edición de 1930, en francés, de maravillosa encuadernación, con las iniciales de su primer propietario (R.M.) y su cuerda roja a modo de marcapáginas. No faltaba detalle. Y ahí empezó la adicción.

Al abrirlo me encontré con una etiqueta pegada a la guarda. Decía «Ex Libris de Rafael Muguiro». Era muy bonito. Me atraía su belleza pero también el ser marca de pertenencia y a la vez el reflejo de la personalidad del propietario. No tardé en preguntarme quién había sido R.M. y, cómo no, si habría más etiquetas de esas en los libros de mi abuela. Y los había.

Desde entonces, si veo un libro antiguo rápidamente miró el reverso de la tapa para, en ocasiones, encontrarme no solo con una etiqueta o con un nombre pero con el gusto, las pasiones y hasta las ideologías de las personas a los que pertenecieron esos libros. Para encontrarme con una historia.

No está del todo claro pero según cuenta Bernardo Lozier Almazán en Ex libris. Su misteriosa seducción el origen de los ex libris está en Alemania a finales del siglo XV, ya que los más antiguos se encuentran en los libros que donó fray Hildebrando de Brandenburgo a la biblioteca de los monjes de la Cartuja de Buxheim de la Orden de San Bruno. Al parecer, «no pudo despojarse de cierta humana vanidad y confeccionó unas pequeñas etiquetas de fino papel a las que, con paciencia monacal, les dibujó a mano su escudo heráldico para perpetuarse en ellos, adhiriéndolos al dorso de la tapa de cada uno de los libros que donó con doloroso desprendimiento».

Siglo tras siglo, el uso de los ex libris se difundió en el mundo convirtiéndose en una afición. Son muchos los dueños de un exlibris, los artistas que han realizado algunos y los coleccionistas.

Desde aquí os los iremos enseñando. Os animamos a ayudarnos (exlibris@enunalibreria.com).

Es mucho más divertido que buscar pokemons.