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Libros sobre librerías II

Libros sobre librerías

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En las librerías ocurren muy a menudo cosas inverosímiles, se mezcla la ficción con la realidad y nada tienen que ver las novelas que allí se encuentran. Me explico: los personajes no salen de los tomos si no que en estos locales en los que se venden libros el ambiente es más propicio a que ocurran cosas curiosas y dispares, cosas mágicas.

Esto lo sabe muy bien el ilustrador Bob Eckstein que ha publicado Footnotes from the world´s greatest bookstores. True tales and lost moments from book buyers, booksellers, and book lovers. Conocido por sus dibujos en The New Yorker, The York Times y The Wall Street Journal, entre otros, ha recopilado las mejores anécdotas de los libreros, lectores y amantes de los libros que visitan o visitaron las más grandiosas librerías de todas las partes del mundo.

Con unas ilustraciones que no pueden ser más bonitas de cada singular establecimiento, conocemos la historia de una mujer que dejó las cenizas de su padre en la sección de poesía de City Lights de San Francisco «porque era su sitio favorito del mundo y le reconfortaba saber que estaba ahí»; vemos a David Bowie ayudando a colocar libros en The Golden Notebook de Nueva York; saltamos de la librería flotante Word on the Water de Londres al garage Librairie Avant-Garde en China, y nos movemos por Argentina en la Arma de Instrucción Masiva. Además de enterarnos de toda una serie de flechazos e historias de amor propias de Notting Hill.

«CLIENTE: Si fuera a conocer al amor de mi vida en esta librería… ¿en qué sección cree que podría hallarlo?».

Al igual que en Footnotes, en Cosas raras que se oyen en las librerías de Jen Campbell se encuentran algunas historias que provocarán seguro que sonrías y puede que también que sueltes una carcajada porque es uno de los libros más divertidos sobre lo que sucede en las librerías. El librero de viejo Jen Campbell quiso demostrar que no todo es colocar libros y cobrar en la caja: recopiló lo más curioso e hilarante que se oyó durante años en la Edinburgh Bookshop y Ripping Yarns y, ahora, Malpaso ha añadido las ocurrencias españolas.

«CLIENTE (hablando con un amigo): ¡Por Dios! Esos libros de Los cinco eran una mierda: Los cinco van de cámping. Los cinco en la caravana… Si fuera Los cinco se van de putas tendría más gracia». «CLIENTA: ¿Tenéis relatos en los que Robin Hood no robe a los ricos? Mi esposo se llama Robin y quiero hacerle un buen regalo por su cumpleaños, pero es un financiero así que…». «CLIENTE: ¿Qué libros puedo comprar para que la gente los vea y diga “¡joder, que tío más listo!”?».

Para listos los protagonistas de El librero, uno de los grandes relatos de Roald Dahl con final inesperado y que bien podría haber ocurrido en la realidad. En una maravillosa y como viene siendo habitual edición de Nórdica,  el señor William Buggage y la señorita Muriel Tottle traman algo en la librería «William Buggage. Libros Raros» de Charing Cross Road. En vez de ocuparse en conseguir y vender los libros más atípicos, se preocupan por revisar cada día en el periódico la sección de obituarios. ¿Qué tendrán en mente?


Donde sí se encontraban los libros atípicos o, mejor dicho, los libros prohibidos era en la madrileña Turner English Bookshop, la librería de Manuel Arroyo-Stephens, fundada en 1970 y hoy reconvertida en la librería de idiomas Pasajes situada en Génova. En ésta, durante el franquismo, se podían encontrar los libros censurados por el régimen, esos libros de los que se oye hablar pero nadie ha visto.

En el primer capítulo de Pisando ceniza titulado «Un librero de viejo», Arroyo-Stephens recuerda sus inicios en los que también importaba quien moría pues compraban bibliotecas («Libros antiguos y modernos. Pagos al contado»), a sus compañeros de oficio (Luis Bardón de la librería Bardón, Enrique Moreno de la librería del callejón de Preciados…) y la parte de atrás.

«En poco tiempo dominé el negocio del contrabando. Con las facturas originales había que pasar antes de nada por el servicio de aduanas, un mero trámite que servía principalmente para poder pagar en divisas. El siguiente paso era la visita al inspector del policía, que repasaba las facturas autor por autor, atento a que no se colase ningún indeseable. Un autor que le inquietaba especialmente al inspector era Lord Byron, más por su licenciosa vida que por sus poesías, que un día me confesó que no había leído. ¡Este Byron, este Byron!, murmuraba cada vez que leía en una factura su nombre. Pronunciaba Byron con i latina, negándose a decirlo como lo hacía todo el mundo. Me tenía intrigado esa obsesión cuando un día el inspector se delató.

¿Sabe usted que Biron cometió incesto con su hermana? ¡Incesto y sodomía!, exclamó observando atentamente si yo me escandalizaba ante la noticia o la consideraba algo normal. Negué saberlo con un gesto de sorpresa y de asco. No digo que no fuese un buen poeta, pero la cosa se las trae, añadió poniendo el sello de “Autorizado” en la factura, con aire condescendiente. Desde que supe de su obsesión no volví a importar a Byron, no fuese a pensar cosas raras de mí. En realidad no lo había importado nunca. [...] Si algún día hubiese comprobado lo que realmente escondían aquellas facturas se habría llevado un buen susto».

¡Y menos mal que nunca las comprobó!